martes, 18 de diciembre de 2012

La cruda realidad.

Amanece, como un día cualquiera. Preparas a tu hijo, que aun esta adormilado, él se queja, es normal, es un niño, a nadie le gusta ir al colegio. Montáis en el coche. Llegas al colegio y sacas del maletero su pequeña mochila, esa que es casi más grande que él. Le das un beso en la cabeza llena de pequeños mechones alborotados. Prometes que cuando vuelas a por él, le llevaras a casa a tomar una taza de chocolate calentita, como a él le encanta. Le dices que lo quieres. Lo ves correr hacia el interior del edifico. ¡Mierda! Se te ha olvidado recordarle algo muy importante. Ya no puedes gritarle, no te va a oír. “Bueno, luego se lo contare” piensas.
Te vuelves y observas como niños de la misma edad que tu hijo corren hacia las puertas. Algunos padres están tan ocupados que apenas despiden a sus hijos, otros los empujan hacia las puertas, pero se olvidan de algo importante: Decirles que les quieren.
Esquivas a algún niño que enfadado y llorando corre, ha discutido con sus padres.
Tú saludas a un par de madres que conoces y pones rumbo hacia tu trabajo. Estas realizando tu trabajo cuando el sonido del móvil te sobresalta. Descuelgas con rapidez, sin mirar el número que te ha hecho brincar en la silla.
Recibes la llamada más inesperada de un viernes por la mañana: Un joven ha entrado en el colegio de tu hijo y armado esta disparando, le da igual si son niños o adultos, esta fuera de sí.
Con lágrimas en los ojos vuelves al colegio. Tu marido viaja en otro coche distinto al tuyo. El también se ha enterado de lo ocurrido. Un pensamiento te recorre cada rincón de la cabeza: Él tiene que estar bien, tiene que estar bien, tiene que estar bien….
Corres como no lo has echo en tu vida. Las lágrimas te empañan tanto la vista que confundes a un par de niños con tu hijo. No ves su cabecita castaña, sus mechones siempre alborotados. Empiezas a temer lo peor. Ves a un grupo de niños que acaban de salir del colegio. Son todos de distintas edades. Da igual. Te precipitas hacia ellos. Pero nada. Él no esta ahí. Sale otro grupo de niños. Una melena rubia pasa por tu lado. Es la compañera de tu hijo. Una profesora se acerca a ti, es la ultima en salir del edificio. Le tiembla la voz. Entonces, justo después, el mundo se te derrumba, así en cuestión de un segundo todo el peso cae sobre ti. No puedes respirar. Dos brazos te agarran. Él... no va a salir.
EL NO. EL NO. EL NO.
Viernes 14 de Diciembre del 2012. Newton, Connecticut .Estados Unidos. Adam Lanza, un joven de 20 años, irrumpe en el colegio Sandy Hook de primaria y armado, comienza a disparar contra alumnos y profesores.
 
Familias destrozadas, niños asustados. Solo porque alguien decidió emprenderla contra niños. Las personas más indefensas y vulnerables de la sociedad, niños, las personas más inocentes y a la vez los más observadores, los más atentos.


Solo porque alguien decidió jugó a ser Dios, se dio el permiso de decidir quien moría y quien no. Que familia debería llorar la perdida de un hijo y cual no. La familia que tendría que reconocer a su hijo en fotos porque el cuerpo estaba demasiado destrozado. Demasiados tiros en un cuerpo tan pequeño. Demasiado cruel, explicar a sus hermanos pequeños porque su hermano, se había ido para siempre.
Demasiada mierda en esta sociedad.






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