Él sabía que aquello no estaba bien. No debía alimentar su esperanza. Pero no podía dejar de mirarla. No podía dejar de quererla. El vestido vaporoso se mecía suavemente, acompañando cada movimiento de ella; como si de una segunda piel se tratara. Estaba tan guapa… que necesitaba apretar suavemente su cintura para asegurarse de que era real.
-Te quiero- volvió a susurrar.
Las comisuras de la boca de la joven se torcieron hasta
formar una dulce sonrisa.
Él era feliz haciéndola feliz a ella. Tenía miedo de que
llegara el día en el que tuviera que partir y dejarla sola. Había intentado
olvidarla un par de veces, pero en cuando la veía no podía controlar esas ganas
de besar sus labios. Era su talón de Aquiles y la cosa más bonita que jamás
había visto. Sacudió la cabeza, desechando todos sus pensamientos y se centró
en ella.
La deslizó entre sus brazos y la abrazó por la espalda.
-Para siempre- Le volvió a susurrar, aunque esta vez era
para terminar de autoconvencerse.

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