Lloras día si y día también.
Pero al día siguiente lo vuelves a buscar con la mirada sabiendo que te harás daño a ti misma. Eres cabezota y muy tozuda, él te lo decía siempre con una enorme sonrisa.
Una pequeña lágrima te recorre por la mejilla. De un manotazo te la secas. No quieres volver a llorar otra vez. Él se gira pero esquiva tus ojos. Se empaña tu mirada pero consigues parar las lágrimas a tiempo. Respiras profundamente.
Suena el timbre y sale intentando no cruzarse en tu mismo camino. Te quedas rota por dentro.
Para él fuiste su todo. Ahora eres su nada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario